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martes, 30 de agosto de 2011

La tradicional necrofilia mexicana

Ya va siendo esa época del año en la que nos juntamos para gritar: ¡Viva México!, una frase que raya en lo ridículo cuando es mencionada en este país que ama a la muerte. Y es que México como país padece de varios trastornos: entre ellos un miedo a vivir en el mundo actual y una renuencia a mirar hacia el futuro, manteniendo un arraigo al pasado, a esas tradiciones, costumbres y personas que –guste o no– están muertas. Necrofilia.

Basta con dirigir la mirada a otro de los grandes festejos de nuestra nación –el Día de Muertos– para sentir el peso de esa tradición de ocuparnos más de los muertos que de los vivos, de cuidar más a nuestros ancestros que a nuestros descendientes.

Los mexicanos vivimos de fantasmas. Mencionamos a Juárez en toda discusión que busque dejar las cosas como están; hablamos del petróleo, de quien lo “nacionalizó” hace más de 70 años y murió hace 40.

El problema es que no podemos vivir en un México del siglo XXI basándonos en frases y discursos fragmentados de hace dos siglos; época en la que el mundo era muy distinto y no existía la internet, las computadoras, la globalización, ni un sistema económico basado en el conocimiento.

El mexicano se basa mucho en el concepto de identidad, otra cosa que nos amarra al pasado. Identidad: idéntico a. Tenemos un concepto de que la identidad del mexicano es de cierta forma, y si cambiáramos perderíamos esa identidad y, por tanto, dejaríamos de ser mexicanos. Esto es otro ejemplo de la obsesión que tenemos con el pasado… otro síntoma de esa necrofilia. Si seguimos así, aferrándonos a una imagen obsoleta y rehusando el cambio, pronto seremos una pieza de algún museo folklórico.

Erich Fromm señalaba que la agresión del ser humano puede tomar tres formas: el amor a la muerte (necrofilia), el narcisismo maligno y la fijación simbiótico-incestuosa. Al combinar las tres, se forma el síndrome de decadencia necrofílica. México las padece todas.

Manifestaciones de la necrofilia: Atracción por todo lo que no esté vivo, como los personajes del pasado, los cadáveres (“¡Viva el 2 de noviembre!”), basura, marchitamiento… caos total, del que nada nace (como muchas de nuestras ciudades). El necrófilo no siempre mata, pero siempre destruye, somete, humilla. Esto es México.

En México el individuo no cuenta, no existe. Nuestras costumbres se han dedicado a generar masas –no un pueblo de individuos–, corporaciones populares. Estas masas no piensan, no reflexionan. Por el contrario, destruyen y repiten discursos ideológicos del pasado.

El narcisismo se presenta cuando deja de existir la consciencia del otro, cuando se pone en práctica lo que mencionaron Margaret Weis y Tracy Hickman como el Ideal del Gran "Yo", cuya única regla reza: “Nadie más importa, sólo yo”. Octavio Paz lo resumió con esas dos opciones típicas del mexicano: “Chinga o que te chinguen” –no me miren así, que estoy citando a un Nóbel de Literatura–. Todo individuo mantiene cierto grado de narcisismo, pero siempre con consciencia de los otros. En este país, los demás no importan.

El narcisista necrófilo descrito por Fromm no se interesa, no escucha, se considera perfecto a sí mismo y todo lo suyo (“Como México no hay dos”), habla siempre –y a gritos– aunque nunca diga nada, así no tiene tiempo para pensar, toma toda crítica como ataque, trata de adaptar la realidad y no adaptarse a la realidad, y es racista y clasista (es decir, un mexicano promedio).

Viviendo en una sociedad que carece de medios materiales para proveer a sus individuos, los satisface de alguna otra forma. A falta de riqueza económica, nos concentramos en la “cultura” como si fuera superior a todas (ya me cansé de citar frases clichés, pero estoy seguro de que a ustedes se les ocurrieron algunas aquí). –y como no podía dejar fuera a la religión– El mexicano es narcisista en parte como herencia del catolicismo, una institución completamente narcisista y megalómana.

La fijación incestuosa se presenta como codependencia. En el caso masculino, se busca la admiración incondicional de la mujer. En todas buscará a su mami adorada, nunca encontrándola. Aquí está la mayor fijación incestuosa del mexicano: su obsesión con la madre, venerada e impoluta. Todo para que la realidad se ajuste a ese ejemplo maternal que tenemos: la virgencita de Guadalupe.

Ahí está: necrofilia mexicana. Completa–aunque no fácil–mente superable, si comenzamos por aceptar el mal. Claro que nuestro narcisismo nos indica que somos perfectos, lo cual puede dificultar esa tarea. De que se puede, no hay duda, cualquier psicoanalista puede decirnos que el pasado no determina el futuro. Y si no la superamos, pues llegaremos al máximo deseo del necrófilo: la muerte. La muerte de México, en este caso.

----------------- ¿Y ustedes qué opinan?

2 comentarios:

Jorge L. Guzmán G. opina...

Interesantísima nota Alonso. ¡Te voy a regañar porque ya has dejado de etiquetarme en tus post de Blog por Facebook! Y con tu permiso, esta nota me la llevo a todo público.

Unknown opina...

Sabía que olvidaba algo... Ok, vuelvo a etiquetarte, sorry.

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