Esto puede sorprender a más de uno, pero es verdad: Leer es antinatural. Esto puede parecer una afirmación fuerte si aún tenemos ese pensamiento arcaico de que lo natural es bueno y lo artificial es malo.
Esta idea de la vida (la naturaleza es buena, lo demás es malo) se basa principalmente en los alimentos ecológicos, olvidando que muchos vegetales contienen componentes que son tóxicos para el organismo humano. El tabaco y algunos hongos venenosos son completamente naturales, y todos estaremos de acuerdo en que no son beneficiosos para la salud.
De forma similar, la lectura es una actividad antinatural, pero ello no debe conllevar ninguna connotación peyorativa. De hecho su falta de naturalidad es una de sus mejores cualidades. El estado natural del cerebro humano, como el de muchos primates, tiende a la distracción. Basta con que se presente un estímulo interesante para que nuestro cerebro se olvide de lo que hacía. Sin embargo, la lectura suele requerir una capacidad de concentración intensa durante un periodo de tiempo relativamente largo.
Ahora bien, esa característica de distraernos con nuevos estímulos tiene sentido, evolutivamente hablando. Nuestros ancestros debían ser capaces de captar irregularidades en su ambiente para percibir oportunidades y amenazas, a la vez que se ignoraban los objetos constantes, considerados parte del paisaje. La carencia de esta capacidad podía representar la muerte (poca capacidad para encontrar alimentos o detectar a un depredador cercano). Lógicamente, un ancestro muerto es un ancestro que no hereda sus genes -entre ellos un cerebro con poca tendencia a la distracción-.
Basándonos en esto casi se puede afirmar que las personas predispuestas a la concentración se extinguieron, haciéndonos a todos descendientes de no lectores.
Como señala Nicholas Carr:
Leer un libro significaba practicar un proceso antinatural de pensamiento que exigía atención sostenida, ininterrumpida, a un solo objeto estático. Exigía que los lectores se situaran en lo que el T. S. Eliot de los Cuatro cuartetos llamaba “punto de quietud en un mundo que gira”. Tuvieron que entrenar su cerebro para que hiciese caso omiso de todo cuanto sucedía a su alrededor, resistir la tentación de permitir que su enfoque pasara de una señal sensorial a otra. Tuvieron que forjar o reforzar los enlaces neuronales necesarios para contrarrestar su distracción instintiva, aplicando un mayor “control de arriba abajo” sobre su atención. “La capacidad de concentrarse en una sola tarea relativamente sin interrupciones”, escribe Vaughan Bell, psicólogo del King´s College de Londres, representa “una anomalía en la historia de nuestro desarrollo psicológico.
Es decir, aquellos de ustedes que se consideren lectores (TV-Guía no cuenta como libro), que disfruten adentrándose en los mundos imaginarios que representan las páginas de un libro durante horas, olvidándose en ocasiones de otras actividades como comer o dormir, e incluso ignorando su alrededor, pueden considerarse fenómenos, monstruos, -X-men, si les ayuda- dignos de aparecer en libros teratológicos de la especie humana. Son antinaturales. Sus cerebros sobreescribieron sus inclinaciones normales, y disfrutan encontrándose a ustedes mismos en librerías y bibliotecas: monumentos ambos en contra de la humanidad en su noción más estricta, amenazas al paradisíaco jardín del que somos originarios.
Los libros son el equivalente intelectual de los antibióticos o del aire acondicionado. Una tecnología (así es: tecnología) capaz de destruir un poco más nuestra humanidad, moldeando nuestro cerebro para alcanzar cotas que hace algunos siglos eran inalcanzables.
Ni que decir tiene que mucha gente había cultivado una capacidad de atención sostenida mucho antes de que llegara el libro e incluso el alfabeto. El cazador, el artesano, el asceta, todos tenían que entrenar su cerebro para controlar y concentrar su atención. Lo notable respecto de la lectura de libros es que en esta tarea la concentración profunda se combinaba con un desciframiento del texto e interpretación de su significado que implicaban una actividad y una eficiencia de orden mental muy considerables. La lectura de una secuencia de páginas impresas era valiosa no sólo por el conocimiento que los lectores adquirían a través de las palabras del autor, sino por la forma en que esas palabras activaban vibraciones intelectuales dentro de sus propias mentes.
Así es -lectores, seres antinaturales- que si piensan con mayor profundidad puede ser porque leen con mayor profundidad.
En ocasiones, el ser el raro del grupo puede ser lo mejor.
----------------- ¿Y ustedes qué opinan?

2 comentarios:
¡soy un xmen! :D jeje
Sin duda existe una rebeldía en el acto de leer...
Te recomiendo si no has leído "Una historia de la lectura" de Alberto Manguel.
No conozco el libro, pero ya lo estoy buscando.
Gracias!
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